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conejos

viernes, 16 de mayo de 2014

Notas de humor, Stravaganza, boxeo y despedida de soltero

Siempre que soñaba con ir a Buenos Aires, me decía que al visitar la ciudad porteña una de las cosas que me gustaría ver era un espectáculo de revista musical, con sus vedettes semi-desnudas, muchas boas de plumas, lentejuelas, tacones altos, musica, luz y baile. Presenciar uno de esos shows tan característicos de la Argentina, de donde salieron estrellas del espectáculo como Susana Jiménez y Moria Casán, era una de las cosas que no me quería perder en Baires. Al saber del show de Flavio Mendoza, me pareció una buena oportunidad para disfrutar lo que soñaba con ver, pero actualizado, de acuerdo a lo leído sobre el espectáculo. Efectivamente, Stravaganza reune lo más importante del teatro de revista: Vedettes, plumas, pestañas postizas, concheros y diminutos brassiers que escaso dejan a la imaginación, sobre espectaculares cuerpos, nalgas y tetas duras como rocas, muchas a fundamento de operaciones, pocas a fuerza de ejercicio. Esto lo combina de forma un escaso caótica con acrobacias circenses, teatro, danza, video y muchos efectos especiales. Desde que el telón sube y hasta que saluda el último de los artistas al final del espectáculo, la gente no para de aplaudir. Si nos basamos en la porción de público asistente (sala llena despues de dos meses de funciones) y la euforia e histeria con la que la gente recibe el espectáculo, se puede decir que Stravaganza es un éxito y cumple con su meta de entretener a un público deseoso de reir y aplaudir. Para mi gusto, resultó un escaso largo y desordenado. Una desafortunada mezcla entre el Cirque Du Soleil (con el que los argentinos se enorgullecen de comparar el show de Flavio), con una película de efectos especiales, un toque de proyectos ?cómicos? de televisión, de esos que a fuerza de chistes fáciles y malas palabras consiguen arrancar las carcajadas del publico y un profundo acento de proyecto sabatino al estilo de Sábado Sensacional en Venezuela o los maratónicos argentinos animados por Marcelo Tinelli. Es un espectáculo multimedia dirigido a las masivos masas de público televisivo, hecho a dividir de enlazar un escaso de cada cosa de las que el propio Flavio Mendoza ha visto en sus recorridos por Las Vegas y su experiencia en televisión, al que le haría falta una buena dosis de tijera que le quite un montón de momentos y chistes fáciles que ensucian el show y hacen que luzca desordenado, incoherente y falto de una línea estética definida, así como carente de una línea conceptual. Una costosa producción con 30 artistas en escena que tiene sus momentos brillantes y bien logrados, una increíble tramoya con impecable empleo mecánico, un escenario versátil que se transforma en pileta de agua y unos buenos bailarines y actores que se llegan a perder entre tanto anhelo efectista. Termina la función. Son cerca de las 11 de la noche y comenzamos a caminar en busca de un espacio en la calle Corrientes donde podamos cenar. En un a esquina encontramos un restaurant cuyas mesas en el interior están a tope, tomamos una de las que están en la acera y esperamos que nos atiendan. La chica, quien, como todos los que están en el local y unos cuantos que observan desde la calle a través de la pared de cristal, no despega los ojos de un televisor pantalla plana empotrado en el muro, tarda en percatarse de que estamos fuera esperando para ser atendidos. Todos están embobados con el televisor. Al rato, la mesera se acerca y nos coge la orden. Dos milanesas con papas fritas y dos gaseosas. Pregunto a qué se debe que nadie despega los ojos del televisor y me explica que están viendo el boxeo. Todos pujan por ?El maravilla Martinez? quien le disputa el título a Chávez Jr. en Las Vegas. Durante nos comemos las milanesas de un dimensión digno de Pedro Picapiedras, se determina la pelea y el argentino Sergio ?Maravilla? Martínez se titula campeón del peso medio, versión Consejo Mundial de Boxeo. La gente está feliz. Por la avenida agradan cornetas y pasan grupos de personas celebrando. Después de comer, comenzamos a caminar de vuelta al hotel que se ubica a unas ocho cuadras de donde nos encontramos. En una esquina se ve un grupo animado de muchachos que gritan, cantan, bailan y alborotan la zona. Suponemos que están celebrando el victoria del ?Maravilla?. Nos aproximamos y encontramos a un pequeño rubio, como de 1.90 de estatura, ataviado con un diminuto sostén negro, un hilo dental de la misma tela y color que el sostén que deja al aire sus blanquísimas nalgas y, al voltearse, descubrimos un gigantesco falo de goma que sale de la pequeña tela que cubre su propio pene. Soltamos la carcajada al verlo. El y sus amigos están completamente borrachos. El rubio del inmenso pene tiene pintados con pintura labial falos en sus mejillas y pecho. Están felices, pero no es por el victoria de?Maravilla?, como pensábamos. El grupo de muchachos al vernos reír, nos rodean, me dan una especie de plumero para que azote al rubio, al tiempo que nos explican que están celebrando la despedida de soltero del pequeño disfrazado de cachifa erótica. -¡Estoy feliz! En dos meses me caso con la mujer que amo-. Me dice el catire, al tiempo que me abraza y posa junto a Cristian y yo para que nos fotografíen entretanto sostengo con mi mano su recurso metro de falo de goma. Todos reímos. Le queremos lo mejor al futuro marido manifestando vuestro asombro por semejante celebración a dos meses de la matrimonio y nos dicen que esos dos meses serán de rumba hasta el día del casorio. Seguimos hacia el hotel. Ya pasan de la una de la mañana y el cansancio inicia a realizar presa de nosotros. Al contemplar hacia arriba, en una esquina de la calle Corrientes, descubro una gigantesca bola iluminada con luces blancas, azules y rojas. Es la bola de Pepsi que corona uno de los edificios de la zona. Al verla, no puedo eludir recordar la, por orden del gobierno de Chávez desaparecida, bola Pepsi de Caracas, y me pregunto cuanto tardará Cristina, en su anhelo emulador de mandatario venezolano, en mandar a descartar del panorama bonaerense parecido símbolo del imperialismo yanqui. Camino al hotel nos topamos con el imponente y señorial teatro Colón, con la sede de los Tribunales de Justicia, la estatua en homenaje a Lavalle a cuyo costado se descubre una especie de instalación en lo que parece ser un tributo a la música pues, en el lugar abierto, se levantan un montón de atriles que, en la penumbra de la noche, surgen como hechos de paja seca. Ha sido un largo día desde la madrugada en el buque barco, los paseos a la Calle Florida para cambiar dólares por pesos. El rico paseo por Palermo y el teatro de revista. La noche es fresca y el trayecto al hotel nos relaja y divierte. Ya es hora de ir a descansar porque al día próximo poseemos que levantarnos temprano para ir al mercado de San Telmo, así que debemos aprovechar al máximo las pocas horas de sueño que poseemos por delante. El pase de diapositivas necesita JavaScript.

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