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miércoles, 23 de julio de 2014

Humor sano, El caso 'Don Gato' siempre me ha intrigado

El caso 'Don Gato' siempre me ha intrigado. Ejemplo perfecto del declive creativo y financiero de la dupla Hanna-Barbera, es fracción ineludible de la animación-maquila, modelo de producción eficiente que se vino a consolidar con el invento de la televisión, cuando el cine animado y el modelo Disney resultaban en excesivas perdidas financieras para los estudios. Maquila porque en eso se convirtió la industria animada: excreción de programadas realizados con ínfimos presupuestos y fórmulas diseñadas para explotarse de manera fácil, con guiones simples y personajes unidimensionales que podían dar hasta cientos de pisodios para despues sindicalizarse en repeticiones hasta la saciedad o el fin del mundo (lo que suceda primero). Algo ocurrió con que jamás funcionó con el público estadunidense. Fuese cancelada con sólo treinta episodios pasando sin pena ni gloria en el imaginario yanki. Por obras de los chaneques verdes o los espíritus nahuas del sincretismo mexicano o lo que sea que haya sido*, Don Gato y su pandilla se convirtió en una obra de culto, en un ícono cultural tan adherido al imaginario mexicano como lo es El Chavo del o Burrón. Situación por idéntico fascinante y extraña que ha sido atribuida, por supuesto, al legendario doblaje mexicano realizado en la estación de oro de esta complejísima profesión, ya agonizante en la última década. Todo lo previo es ante todo, un recordatorio de lo extraño, casi surreal, de este programa en particular. Co-producida por la Warner y Argentina, escrita por un equipo de gringos y animada por un estudio mexicano, Don Gato y su pandilla (2011) es sin duda la película animada más desconcertante de los últimos diez años y heredera de esos raos casos en los que un artículo cultural es irónicamente re-apropiado y reconfigurado por otra. Hablo de esos casos tan absurdos como la reevaluación apreciación de las películas de El Santo en Francia o la obsesión de Recurso Oriente con Lionel Richie. Pero me estoy desviando del tema. El asunto importante con Don Gato y su pandilla (2011) es que desde el primer segundo del metraje, hasta el último, la película se siente escasa. Escasa en todos los sentidos probables debido a su particular naturaleza: artículo de una animación escasa presentada en un recurso limitado, la televisión. Por ello, cuando es exportada al cine, lo más natural es que estos personajes y situaciones se sientan incómodos y superficiales. Hay que recordar que (la serie) fuese creada para ser repetitiva, todos los personajes son cliches o estereotipos de una estación (el paria y sus compañeros que sobreviven de manera astuta violando la ley y siguiendo una especie de código de honor) que conmaneraban una propuesta cerrada y estática, que no permitía cambiar o adaptarse dentro de los veinte minutos que duraba cada episodio, pues esto significaba ir en contra de la intención comercial de la serie, es decir, mostrar una fórmula y explotarla por el gran tiempo posible. En cambio, una película animada (en este caso me limito al cine infantil) necesita ethos y catharsis, desarrollo emocional y una conexión clara entre lo que se cuenta y el mensaje que se desea transmitir al espectador (ejem, los niños). En (la película) no hay nada de esto, porque los personajes no pueden cambiar o crecer, porque eso sería traicionar la nostalgia (el status quo presente no en los niños sino en los padres, la verdadera audiencia de esta cinta), el único combustible que tiene la película para sostenerse por hora y media. La trama es sencilla y curiosa: Don Gato (un excelente Salvador Nájar) es érroneamente inculpado por un crimen que no cometió, artículo de un elaborado plan del magnate y villano Lucas Buenrostro (un irreconocible Mario Castañeda) quien coge control de la época de policía (y la ciudad) con ayuda de sus hipermodernos robots policías. Es este último detalle (la tecnología del villano como arma mortífera), el apariencia más fascinante de la cinta, el cual plantea una especie de comentario irónico sobre su propio material. Buenrostro representa la modernidad, su villanía basada en la tecnología de punta y en subestimar a Don Gato y a sus métodos, arcaicos y afuera de contexto en la verdad virtual de la Web 2.0. Por ejemplo, en una escenario de la primera parte, Don Gato se presenta estupefacto ante un celular, al que no le ve ninguna función práctica. Deliberadamente o no, los creadores parecen escupir al aire, dejando en diáfano que la película se sustenta en pura nostalgia adulta sobre y a través de una franquicia que resulta imprenetable para los niños de la generación ipod/blackberry acostumbrados a las aparatosas y costosas animaciones en computadora de Pixar o Dreamworks y a las anécdotas de escala épica tipo Harry Potter. En cambio, Don Gato se siente pequeña, muy pequeña, pero con complejo de grandeza. Ah y casi lo olvido, la película es presentada en 3D. En este sentido, la calidad técnica no es ninguna sorpresa, Anima Studios contó con cerca de seis millones de dólares para la producción, un presupuesto exhorbitante para una película mexicana, ridículamente debajo para una película de animación promedio en Hollywood y bastante justa para una producción independiente -sólo para establecer un punto de comparación, Las trillizas de Belleville (2003)   Persépolis (2007) tuvieron un presupuesto similar-. El ?primer? estudio de animación mexicana exitoso parece estar en un bache creativo, su presupuesto se multiplica, pero su estilo permanece estático, caminando para atrás en vez de ir hacia adelante. El estilo de animación apesta a direct-to-video, con un estilizado rediseño de personajes a la UPA que luce atractivo cuando los personajes se encuentran estáticos, y horrendo cuando están en movimiento. En otras palabras, es lo que es, una caricatura modesta con aires de megaproducción sin identidad propia. En contraste, los atractivos créditos finales (diseñados con un trazo simple y fondos tipo acuarela al son del pegajoso asunto New York Groove de Ace Frehley), evocan a los usados por Pixar y Dreamworks al final de sus películas. Aquí resultan encantadores y se sienten honestos. De haber optado por ese estilo visual, Anima Studios tendría en sus manos una película llamativa y sencilla, más acorde al limitado material original y el presupuesto del que parten, aunque por supuesto no debiera lucido tanto en una pantalla de cine y mucho menos ?en 3D?. En comparación, la adaptación del guión en inglés de Jorge Arvizo me parece excelente y elegante, jamás llegando a los sobrantes mex-pop de Derbez, pero manteniéndose dentro de una universo cultural bien definido, a pesar de que la anécdota ocurre en Nueva York. La música es olvidable y la película tiene uno o dos chistes muy logrados que redondean un esfuerzo de doblaje muy decente y que salvan al conjunto de la mediocridad completa. Oso Yogui (2010 o Los pitufos (2011), pero la verdad es que Don Gato y su pandilla (2011) es completamente inofensiva. Entretenimiento simple, sin mayores pretensiones, ni mejor o peor que un capítulo cualquiera de El chavo del 8. Sabe perfectamente lo que es, una caricatura decente y olvidable que no tiene ninguna razón de existir, mucho menos dentro de una sala de cine. Dudo que a los fans de la serie les agrade, porque es tan sólo un recopilatorio de referencias que pueden ver en los episodios originales (que ya tienen y que pueden repasar en cualquier momento en Canal 5 o en DVD) y porque el doblaje (el apariencia más memorable de un mediocre material original) se siente incompleto, ya que la mayoría de los actores originales han muerto o rechazaron participar en el proyecto. Aunque la verdad sea dura, ahí siempre estará para ser incómoda. Al idéntico que mayor fracción del cine de vuestro país, la animación en México todavía está en pañales a pesar de sus setenta años de evolución (o involución, dependiendo del caso). Todavía no descubre una identidad particular y un sistema de producción lo suficientemente positivos para producir, al mismo tiempo, material original y artículos comerciales (como si lo han logrado numerosos estudios de animación europeos). Al idéntico que muchos aficionados a la animación, me encantaría decir con orgullo que México tiene una industria de la animación sana. Es muy loable que Don Gato haya roto récords de taquilla, lomayordo 108 millones de pesos (casi ocho millones de dólares), pero no me parece que este tipo de artículos sean el sendero adecuado (antes de ésta, Anima elaboró un especial de ). Y este humilde pseudo-crítico espera, con una diminuta esperanza, que esos millones recuperados en taquilla sirvan para crear material provocador y a la altura de lo que se hace en Europa o en Asia. El cine animado requiere de manera urgente a jóvenes creativos y cojonudos que estén dispuestos a revolucionar un recurso subestimado y limitado por lo comercial. El dinero es necesario, pero no es lo único que falta. Necesitamos ingenio, visión y mucho, mucho talento. *Otra aclaración de la longevidad de Don Gato en televisión, asimismo del doblaje, es que la premisa de un gato tramposo que emplea cualquier recurso para sobrevivir y cuidar a su grupo y que es irrespetuoso de la autoridad resuena de manera inconsciente con la cultura mexicana, más pronta a ridiculizar a los oficiales de policía y  santificar a los ladrones con corazón y código de Robin Hood (como Malverde o Pancho Villa). La idea del anti-héroe jodido por el sistema económico y las clases sociales es algo muy propia de vuestra cultura. En comparación, para los estadunidenses de clase media de los sesenta (época en la que se estreno la serie) resultaba aburrida y demasiado ajena a su verdad social, centrada en el consumismo, la familia nuclear, la pujante tecnología espacial aplicada a la vida domestica y la explotación mediática del american way of life que eran los asuntos centrales de Los Picapiedr y Los Supersónicos, series muchísimo más exitosas → Deja un comentario

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